“Los sentimientos, como un río continuo que son, no se dejan parar; no se dejan tampoco mirar “con lupa”; es decir, que cuanto más exactamente los observemos, menos sabemos lo que sentimos”.
R. Musil
Tanto el escritor, como sus lectores, en algún momento se preguntan, cuáles son las motivaciones profundas de la escritura. Mientras que para el lector puede ser parte del misterio que esconde este extraño oficio, para el escritor es casi una condena auto-impuesta, que lo coloca frente al territorio sin dominio de sus propios sentimientos e ideas.
Y es que, en su búsqueda de estilo, de recursos técnicos, de historias, de propósitos, la mayoría de escritores están llenos de dudas, más que de certezas. Aquí juega un papel importante, asumir que la razón y el espíritu, mismo que sería decir, las ideas y los sentimientos, se conjugan en una masa en la mente del escritor. Cada texto es una idea-volitiva llevada al papel, un desdoblamiento del yo y una invención, que roba frutos de otros árboles. En otras palabras, en muchas ocasiones, no es el escritor el que escoge la historia, sino la historia la que lo escoge a él, en una suerte de necesidad o predestinación.
Por lo mismo, a todo escritor, que se tome su oficio en serio, lo traiciona no solamente su experiencia vital, sino especialmente el ego, pero es esta debilidad de la personalidad, la que le permite efectivamente crear una obra, medianamente valiosa; en otro sentido, no se puede crear una obra literaria, bajo el presupuesto de que es mala o mediocre. El escritor, efectivamente, considera que su obra es buena y su ilusión de originalidad, es la que le permite oponerse a la objetividad o subjetividad de una crítica externa demoledora o simplemente indiferente.
Qué motiva entonces a un escritor a lanzarse a la aventura literaria, a escribir una obra minúscula o grandilocuente. Tengo la percepción, de que en todo escritor hay una pulsión, una necesidad intrínseca por contar una historia, pero sobre todo, por sacar ese diálogo de su interior, que en muchos casos, resulta en un proceso de liberación. Y aunque parezca que el escritor asume un tono didáctico en los textos, en realidad cada autor necesita desprenderse de una serie de fenómenos internos y externos que se conjugan finalmente en una historia y lo contienen todo: su ego con aspiraciones de originalidad, una patología a veces evidente y a veces latente, sus formas didácticas, sus pulsiones intelectuales y espirituales, su propia irracionalidad, sus experiencias vividas y finalmente, la forma en que ficciona todos sus traumas, miedos, deseos y aspiraciones.